jueves, 4 de abril de 2019

NACER, VIVIR, PADECER Y MORIR (P. Antonio Oliver Montserrat) Vin Cens

NACER, VIVIR, PADECER Y MORIR
Esta es la vida de Cristo que, al tiempo que la existencia que se va desarrollando como la nuestra, es Palabra, Palabra de Dios. Dios habla en el nacimiento de Jesús y, por tanto, yo habré de preguntarme cómo y para qué nace Cristo, porque eso ilumina el por qué y para qué he nacido yo. Y lo mismo cuando Cristo padece y muere, pero cuidado con las respuestas prematuras, porque decir que Cristo padece y muere 'para lavar nuestros pecados' es muy fácil. ¡Mucho cuidado! ¡El pecado no es tan importante! Es mucho más importante aprender a llevar nuestra cruz como la llevó él, y aceptar nuestra muerte como la aceptó él.
No quito importancia al pecado, pero es tan importante como para decir que si el hombre no hubiera pecado Dios no habría nacido. El pecado del hombre es un atentado contra el plan de Dios en el desarrollo del universo, pero nunca va a tener tanta fuerza como para cambiar "el Proyecto" de Dios de que habla San Juan al comienzo de su evangelio, la "Palabra" que existía antes de la creación del mundo. Engrandecer o aumentar la importancia del pecado es propio de los protestantismos. Los protestantes son los que dicen que el pecado taró al hombre en su propio centro, hasta el cogollo, y esto es un error. El catolicismo siempre ha dicho que el pecado no tocó al hombre en su centro; el hombre sigue siendo bueno en su cogollo, la esencia del hombre es buena.
¿Entonces Jesús no padeció y murió por nuestros pecados? No, absolutamente no, es lo que dice el P. Schillebeeckx. Así como no nació porque habíamos pecado, tampoco padeció porque fuera necesario para redimirnos. Es cierto que su pasión y muerte nos lavó del pecado, pero Cristo padeció y murió por otras razones mucho más importantes, como dar sentido al padecer y morir, que forma parte de la vida del hombre, que es donde Dios se manifiesta del todo. En esos momentos cruciales y definitivos es donde la vida de Jesús es palabra de Dios, y la nuestra también.
La teoría de la reparación infinita hace a Dios sanguinario
Cuando decimos que Cristo padeció y padeció terriblemente la traición, el abandono de los suyos, la flagelación, la muerte en la cruz... para pagar por nuestros pecados, estamos diciendo que el Padre de Jesús es un gran administrador de la justicia, que se va a cobrar hasta el último céntimo de nuestra rebeldía. Como el hombre pecador ha ofendido a Dios y no tiene con qué reparar la ofensa, tiene que ser Dios mismo quien diga: ¡Pues mandaré a mi Hijo para que pague, o sea, que se lo carguen bien y limpie así el pecado del hombre y mi reputación! Esta es la interpretación que hemos hecho de la pasión y muerte de Jesús.
¿Era necesario que Cristo padeciera lo que padeció? Esta pregunta se la hizo San Pablo, pero no dijo la respuesta. Y nosotros decimos: -Como la ofensa del hombre a Dios era infinita por ser él infinito, ya que la ofensa se calibra no por el que la hace sino por el que la recibe, el pecado del hombre tenía una dimensión infinita y como el hombre no tiene con qué pagar esa ofensa, Dios, que es bueno, se saca del bolsillo la solución: -O yo me encarno o se encarna mi hijo, y aunque a él lo van a triturar, yo quedaré satisfecho. Así que, mientras Cristo era ultrajado y moría en la cruz, el Padre del cielo iba quedando satisfecho.
Además, esta forma de pensar estaría proponiendo que el buen cristiano ha de cobrar hasta el último céntimo a sus deudores. ¿No podía el Señor haberse contentado con el primer vagido y quejido de Jesús cuando nació en Belén? Nació de María y al nacer, supongo, lloraría. Dios podría haber dicho a los hombres: -¡Ya basta, ya no necesito más reparación; sólo por esa lágrima de mi hijo os perdono! Pero no, prefirió que viviera treinta años de mala manera, permitió que fuera un tormento constante para su Madre, que sus amigos le traicionaran, que los sacerdotes y fariseos le persiguieran hasta la muerte... Si entendemos así la pasión y muerte de Jesús tendríamos un Dios sanguinario, que no queda tranquilo hasta que el hombre pague la deuda del pecado. Y esta sería nuestra visión, una teología económica de la redención. ¿No es esto una economía de mercado? ¿Dónde queda la palabra y la verdad de la vida Jesús?
Jesús es la palabra de Dios que existía al principio, "Sin él no se hizo nada de cuanto se hizo", y viene a la tierra y sigue viniendo por todos los caminos de la creación, y cuando ya está entre nosotros recorre todas las etapas de nuestra vida: nace, vive, padece y muere como nosotros, porque es hombre. Él es una palabra viva, una palabra de Dios sobre el nacer del hombre; una palabra de Dios sobre el vivir del hombre; una palabra de Dios sobre el padecer, sobre nuestro sufrimiento; una palabra de Dios sobre la muerte. Por tanto, Cristo es el sentido de la creación, toda la creación camina para él y hacia él y así, en el nacer, vivir, padecer y morir de Cristo adquiere sentido el nacer, vivir, padecer y morir del hombre. Cristo es la Palabra de Dios hecha carne para que la carne del hombre entienda cual ha de ser su destino.
Lo que hemos hecho hasta ahora ha sido desmantelar la fortaleza de esa doctrina medieval que ha llegado hasta nuestros días y en la que nos habíamos refugiado. Espero que lo hayamos conseguido.

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