viernes, 9 de noviembre de 2018

EL ARTE DE DECIR ¡ADIÓS! (Enseñanzas de Antonio Oliver Montserrat) Vin Cens


EL ARTE DE DECIR ¡ADIÓS!
Vivir es ir despidiéndose. Y cuando en la vida se producen las despedidas, nos nace del corazón, llena de nostalgias y de deseos, una palabra: adiós. Pero cuando la despedida se prevé larga o incierto el reencuentro, entonces el adiós brota de un largo estremecimiento, afloran a los ojos las lágrimas y el tiempo se hace infinito. Y si el adiós se ensaya ante la despedida suprema, en el umbral de la muerte, en aquel momento se nos queda la palabra helada en la boca, suspensa en el aire, y no acertamos siquiera a formularla. Nos quedamos mudos.
Y sin embargo, morir es la suerte soberana del hombre. Es el momento en que el hombre da por primera vez su talla; el instante en el que todas las fuerzas y experiencia de la vida se dan cita y se juntan para dar sentido final a toda una existencia; la altura de la trascendental lucidez en la que el hombre sabe quién es él y, por primera vez, es capaz de impartir una lección que queda para siempre en el patrimonio de la humanidad. Es en ese momento en que, de pronto, las palabras se muestran inservibles y se nos hiela en los labios el adiós de la despedida.
Y es bueno que sienta uno que las palabras no sirven. Es que en verdad no sirven. Morir no es un problema, es un misterio. Un problema es algo que puede resolverse. El misterio forma parte del infinito, de Dios. Y ante el misterio la postura pertinente es el silencio. La muerte acaece en las profundidades del hombre; en aquel mismo lugar donde uno es el que es, y en el que nadie es igual a otro. La muerte de otro puede ser descrita, pero no vista ni compartida. La muerte sucede a años luz de distancia de los seres más cercanos y queridos. Así y todo, la muerte sobrecoge, anonada y desarna siempre.
Pero, por otro lado, los que tenemos gestos y palabras precisos para acompañar a nuestros semejantes en los momentos de la vida, anodinos o cruciales: el nacimiento y el dolor, la enfermedad y la salud, la fiesta y la soledad, la amistad y la traición, tenemos también la posibilidad, y el deber, de acompañarlos en el camino que los acerca al umbral de la eternidad. Cuando las palabras faltan, ante el misterio que se acerca y se abre nos queda el más elocuente de los gestos, el amor. A un hermano que se acerca a su meta no se le acompaña ya con palabras, que se quedan atrás como juguetes rotos; sólo el amor puede seguir a su lado.
Y es por eso que, cuando más se avanza en el camino, más se siente que fallan las palabras de siempre, hasta que en momentos del supremo dolor de la despedida definitiva llegan a sonar casi a profanación. A quien no acepta la grandeza de la muerte no le quedan más que dos soluciones: o seguir mascullando palabras muertas o abandonar en la niebla del misterio al que se va. Es lo que ha hecho durante siglos nuestra sociedad. Como familiares o como amigos nos hemos dado la mano y hemos intercambiados palabras a lo largo de todos los avatares de la vida. Pero cuando se hace cercana o inevitable la muerte, es decir, el momento más vital de toda la vida de nuestro ser querido, nos hemos dado cuenta con horror de que allí ya no teníamos nada que hacer, que ya no podíamos hacer nada. Y hemos abandonado. Los ancianos y los desahuciados son marginados fuera de la familia, en asilos y hospitales, como contagiosos heridos por la mano de Dios. No podemos contemplar el largo gesto de una vida que se apaga. Y sin embargo, una sociedad que no es capaz de mirar de cara a la muerte, está ella condenada a muerte; y el hombre que no soporta enfrentarse con la muerte, es que ya es presa de ella, pues lleva muerte en sí lo que es la explicación de toda la vida del hombre.
En efecto, morir no es más que alcanzar para siempre lo que se ha deseado a lo largo de la vida entera. Morir es el acto vital supremo del hombre. Y el hombre puede y debe lograr que en el morir concurran los esfuerzos de toda la vida haciendo de la muerte la suprema y definitiva opción. El hombre tiene el privilegio de ser el autor de su biografía, y el acto más propio y personal de la biografía del hombre es su muerte.
En la muerte se juega todo el sentido de una vida, y los humanos decimos a lo largo de toda nuestra vida lo que queremos que nuestra muerte sea. Es privilegio del hombre la facultad de lograr hacer de la muerte un acto supremamente humano y soberanamente vital; hacer que la muerte sea el acto más libre alcanzado y ejercido desde cada opción de la vida; el hombre puede hacer de la muerte el fruto y la cosecha de toda su vida, el ejercicio pleno de su libertad. El hombre es un finito con sed insaciable de infinito; cuando el infinito torrencialmente llega, el vaso finito no puede contener la catarata, y se rompe. No se rompe, en el vacío o en la nada; se rompe porque se logra en la infinitud que era la meta de toda su vida: cuando lo inmortal se hace presente, lo mortal desaparece.

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jueves, 8 de noviembre de 2018

EL DESIERTO, LUGAR SIN CAMINOS, ES LA LIBERTAD (P. Antonio Oliver Montserrat) Vin Cens


Enseñanzas de Antonio Oliver Montserrat

EL DESIERTO, LUGAR SIN CAMINOS, ES LA LIBERTAD
Jesús acaba de ser bautizado en el Jordán, y se abre el cielo y se oye una voz que dice:
-''Éste es mi Hijo querido en quien me he complacido''.
Y una vez bautizado y elegido por el Señor del Cielo que se complace en Él, Jesús es llevado por el Espíritu al desierto para que sea tentado por el Tentador, Satán.
He aquí una primera lección: EL DESIERTO ES LA CONDICIÓN GEOGRÁFICA DE TODO ELEGIDO. El desierto es fundamental. En toda teofanía, el desierto, la infinitud, la inmensidad, el silencio, es la manifestación y Presencia de Dios. Y otra cualidad del desierto que vieron los israelitas es que en la arena NO HAY CAMINOS. Al ir caminando, te vas haciendo el camino a tu medida.
Nos encontramos, pues, ante la clave de interpretación de este texto: precisamente por haber sido elegido, el Espíritu de Dios te lleva al desierto. Si tú has sido elegido y bautizado irás siempre por el desierto. Pero si vas por un camino asfaltado, un camino hecho, como por tu parte no hubo elección, vuelves al tiempo anterior a la elección. Los borregos andan por el camino que les señala el pastor. El Hombre no.
El desierto, lugar sin caminos, es el lugar de las manifestaciones de Dios. Cuando Israel es elegido por Dios para llevarlo al desierto, Dios le dice a Moisés:
-''Di a los hijos de Israel: YO SOY me manda a vosotros. Yavé os libertará de los trabajos forzados de los egipcios''. Y los ''egipcios'' son la cultura, la instalación, la seguridad, las ollas llenas de carne, los dioses bien colocados y la inmortalidad asegurada. En el desierto, los israelitas echarán de menos las aguas del Nilo, el pan, las ollas llenas de carne y se lamentarán:
-''Mejor estábamos bajo los látigos del Faraón que bajo el hambre del desierto''. He aquí el Miedo a la Libertad. Egipto, sin libertad, DA SEGURIDAD. En el desierto, en cambio, se está a la intemperie, desnudo, desamparado y a merced de cualquier alimaña. Allí no hay caminos señalados pero ésa es la LIBERTAD.
El hombre ha de optar entre estas dos cosas: o la seguridad de Egipto, donde no hay elección ninguna y se es esclavo pero se come bien, o la inseguridad y desamparo total del desierto, donde se puede morir de hambre pero se tiene libertad.
¿Qué es mejor, la libertad sin lentejas o un plato de lentejas sin libertad? He ahí el tema crucial de los Testamentos, he ahí la Alianza de Dios con el Hombre, el ombligo de la libertad.
Los evangelistas nos están diciendo que Cristo, como cualquier Hombre, estuvo expuesto a cualquier zancadilla, que la condición de la vida de Cristo y, por tanto, la condición de la vida del hombre es el DESIERTO, la LIBERTAD. Pero caminamos con Cristo toda la vida sin entender el secreto.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

SOMOS HEREDEROS DE TODA LA HUMANIDAD (P. Antonio Oliver Montserrat) Vin Cens

SOMOS HEREDEROS DE TODA LA HUMANIDAD
Las Mitologías de la humanidad han sido formuladas a lo largo de dos millones de años y empezaron gracias a un hombre que vivía la naturaleza en su totalidad, que sabía cómo vivían los pájaros, cómo transmigraban los bueyes o cómo llegaba la tempestad. Y en contacto con la naturaleza iba acumulando experiencia en su ser, en su cogollo. Estas experiencias están almacenadas y se transmiten. Es decir, que dentro de mí están vivas todas las experiencias de todos los humanos de todos los tiempos, de los cuales yo soy heredero. Si alguien dice: ''yo soy heredero de todos los humanos'', se equivoca. Hay que retrotraerse a los primeros núcleos humanos -Adán y Eva, para entendernos-. Toda la humanidad llega hasta allí, tú no has caído del cielo, tú eres hijo de la primera experiencia humana o del primer grupo humano. Ésto es importante, porque como dice Jüng, no solamente la experiencia vital de cada uno se almacena dentro a través de los años, sino que todos heredamos, a través de los genes y de la educación familiar o cultural, las riquezas del hombre. El patrimonio humano de todos los tiempos se almacena en los hombres de todas las épocas. Nosotros somos hoy los herederos de toda la Historia humana; es decir, que todos mis abuelos, son los tuyos. Los humanos no podemos venir jamás de una sola estirpe, porque si hacemos el árbol genealógico venimos de una muchedumbre. El árbol se abre, es un espejismo, no hay que dejarse engañar. Si somos hoy siete millones, llegaremos a los ochenta mil billones. Haz el árbol y verás que si llegas hasta el siglo XIII, tu árbol tiene mil personajes y el mío otros mil, y si seguimos con el padre y la madre desde el tatarabuelo se llega hasta el infinito, hasta que en un momento dado vuelven a juntarse ambos en unos grupos iniciales muy reducidos. Es decir, de muy pocos padres, descienden muchos hijos. Todos nuestros abuelos viven dentro de nosotros; el hombre no ha llorado una lágrima ni ha sentido el estremecimiento de una alegría o de una ilusión que no haya quedado perdida en el aire; todo está recogido en mí. Si yo pudiera bajar por una cuerda a la bodega íntima de mi ser, encontraría ahí quejidos, lágrimas, alegrías y fiestas que desconozco, pero que son tan mías que sin ellas yo no sería el que soy. Sin una lágrima de mi madre o de mi tatarabuelo, y sin un estertor de mi abuelo o de mi padre no estaría aquí. Eso está almacenado dentro de mí y ha formado y configurado para siempre las células íntimas de mi ser.
Luego, toda la humanidad está acumulada dentro de mí. Todo lo que ha pesado en la Historia a mis antepasados me empuja hacia adelante. Según Jüng, ''la experiencia humana se ha trastocado, se ha transformado dentro de mí en arquetipos''. Estos arquetipos no son palabras, ni son siquiera visiones del mundo: cosmogonías por un lado y cosmologías por otro. ''No son una forma de entender las cosas, son unos troqueles dinámicos'', continúa Jüng. Al decir que la humanidad está presente dentro de mí y empuja: ¿qué quieren decir ambas cosas?, ¿qué es empujar?. Significa que todo está vivo dentro de mí, pero no como una fuerza que yo no pueda manipular, sino como una gran energía, una energía innominada e informe, pero potentísima, y a la cual yo doy forma con mis palabras, mis pensamientos, mis empresas... Por tanto, no está en mí de una forma determinada, pero sí como un ''yacimiento''. Según Jüng, estos yacimiento humanos interiores son ''unos patrones, unos moldes, unas formas de ser que no alteran nada, pero que son potencias, capacidades, y que cada uno utiliza según desea y según la formación que tiene''. Son los paradigmas del ser humano que configuran y contienen toda la Historia del hombre, pero la contienen como energía para que el hombre, sabiendo todo lo que lleva dentro y con acceso a ello a través de los símbolos, no se la guarde egoístamente como patrimonio personal, sino para fraguar con ella un nuevo futuro.
Volviendo al tema inicial, y como resumen del binomio mitología-simbología, puede concluirse que la palabra informa, pero el símbolo sacude lo más profundo de nuestro ser. Es ahí donde tú y yo tenemos abuelos comunes, ideas comunes, aficiones comunes..., donde nos queremos sin saberlo; por eso el símbolo tiene acceso a las partes más sensibles del hombre. Quien no sabe manejar el símbolo ni sabe que él es simbólico, con paradigmas interiores, ignora lo mejor de sí. Es capaz de ir por la vida, dedicándose a la economía, la política o la religón sin profundizar. Dado que la religión puede tomarse de modo superficial -característica de las religiones de la tierra- no se puede hablar de religión sin llegar al cogollo del hombre, cuando justamente la religión -por lo menos la cristiana- es la que llega al núcleo que es el amor; y el amor es siempre un símbolo, una realidad simbólica, capaz de sacudir los cimientos mismos del ser humano. Todo lo que el hombre sabe, puede no conmoverle, pero lo que el hombre siente y ama le conmueve siempre profundamente. Amar o sentir es una fuerza increíble. En síntesis: símbolo es interiorizar lo que vemos, lo que sentimos y lo que nos interpela, porque, en definitiva, el hombre es pregunta, no respuesta.
Antonio Oliver Montserrat
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lunes, 5 de noviembre de 2018

TODO ES UNA EPIFANÍA (P. Antonio Oliver Montserrat) Vin Cens


Enseñanzas de Antonio Oliver Montserrat
TODO ES UNA EPIFANÍA
Epifanía, en griego, significa mostrar o demostración. El 6 de Enero llamamos Epifanía a la manifestación de Cristo en los Magos. Esta palabra es antiquísima, al parecer se refiere a los reyes cuando aparecían: el rey era una manifestación única; pero en la mitología la aplicaron enseguida a la Epifanía de la naturaleza, de la materia, que podía ser un árbol, una piedra, cualquier cosa. El hombre percibe muy tempranamente que las cosas son ''epifanías''. Si las miras bien las atacas, peor todavía, pueden convertirse en careta.
Así, cuando tú ves un pino, no lo ves. Ves el fenómeno, la apariencia, sólo la apariencia. En cambio, si te acercas a las cosas con temblor, con respeto, con amor, las cosas, lentamente, se te abren y a través de ellas ves lo que hemos dicho del pino en el punto de la despedida. De golpe ves que la ''cara'' del pino que habías visto tantas veces, ahora es un lugar de referencia para todos los años de ausencia. Y en este pino ves: tu familia, tu infancia, tu primer llanto, la primera bofetada de tu padre... Todo está allí, el árbol se ha abierto y te ha mostrado el cogollo.
Las cosas se manifiestan, pero en el primer acercamiento no se abren. Están al alcance, pero el hombre puede ir por la vida en un primer acercamiento perenne sin ver lo que tiene delante, ya sea pino o cuerpo humano. Que la materia es epifánica significa también que toda materia es traducible, tiene mensaje. El mensaje no es lo que enseña, sino lo que esconde. ¡Qué idea más bonita para incitar a la excursión!. Las cosas están aquí igual que un paisaje. Tú lo ves y dices: ''Métete por un amanecer o un atardecer y verás lo que puede pasar! ¡Métete por una enfermedad y verás lo que puede pasar!''. Ésta es la invitación epifánica. Las cosas esconden más que enseñan. Y ésto el hombre lo vio desde el primer día.
Curiosamente hoy, después de tantos miles de años, hemos caído en el materialismo superficial y rastrero que nos quiere enseñar y afirmar que lo que vemos es lo que hay que ver, que las cosas no tienen más que lo que enseñan. Por eso nos depauperamos tanto, por eso somos tan pobres. Nos pasamos eternamente por la superficie de las cosas sin bajar a sus profundidades. Lo mismo pasa con el hombre: puede quedarse de por vida en la superficie sin bajar jamás a sí mismo. Yo soy Epifanía también para ti y para mí. Si yo bajo al fondo de mi ser descubro en mí paraísos inmensamente mayores y más poderosos y hermosos que todos los paraísos de la tierra. Pero si me quedo en la superficie y digo: ''Yo soy 80 años de vida y 64 kilos de peso'', ya me he definido. Y hay quien no pasa de ahí.
El materialismo apunta en esta dirección y de él se deriva el empobrecimiento total del hombre. En cambio, cuando el hombre dice no, las cosas son epifánicas. Esconden todas una sorpresa o un mensaje. Admito que las cosas tienen ''cogollo'' y que lo que enseñan es sólo una invitación a viajar y a introducirnos en su interior, si yo me dedico a viajar por las cosas, por tantas cosas..., todo me conduce al corazón de ellas mismas. Eso me va a costar toda una vida, porque este viaje no es otro que la aventura de la vida. Otto nos dice otra vez: ''El corazón de toda cosa es el Misterium Tremens''. Lo sacro. Por tanto, todos los llamados creyentes o manipuladores de la creencia o, como diría Jesucristo, sacerdotes de la Ley, todos los que se consideran sacerdotes, religiosos o jefes de religiones que no llevan a lo sacro, deben abdicar inmediatamente. Nos están tomando el pelo, así de claro.
Por eso Jesús la tenía tomada con los curas, porque éstos se instalan, se instalaban -digámoslo en pretérito imperfecto- en la superficie de las cosas y mantenían a los fieles mediante un pacto: ''Dame la mano y yo te paseo por el domingo, por el bautismo, por la confirmación... Y Cristo dice: ¿Qué?. ¡Ay de vosotros fariseos, escribas y sabios hipócritas!''. ''¡De paseo no!''. El creyente de verdad, no sólo el cura -por obligación- es aquel que sabe el camino secreto que lleva al corazón de las cosas, a lo sagrado, a Dios. ''¡Que bien me sé yo la fuente!'', decía San Juan de la Cruz. Y qué bien lo dijo ''el pillo''... Éste es un creyente, éste te puede dar la mano y decirte: ''Ven conmigo'', sin pasearte por la superficie; al revés: te introducirá en el seno de las cosas hasta el cogollo donde mana la fuente primordial, primitiva, cantarina, fresca, refrescante del agua limpia.
Cristo hablaba siempre del agua y dijo, además, que el agua es tan importante que si tú no vuelves a nacer en ella no entras. Hay que saber del agua, de esa fuente -como San Francisco supo- del ''agua fresca, humilde y casta''. El creyente y el sacerdote conducen al manantial, al hontanar vivo del agua limpia. Metido en ella la vida eterna es tuya, pero sin sumergirte no tienes acceso, no entras en el Reino, en el Paraíso Terrenal que es el Paraíso del Cielo. ¿Lo sabemos los cristianos?. Por tanto, si vives en la superficie, sin intentar horadar hasta dentro ¡no tienes futuro!, porque, justamente, el futuro nace del agua, que es el corazón de las cosas. Ella es la presencia de lo sacro hecha persona. Dios no es informe o deforme. Es pura forma, puro perfil, pura identidad. Lo real, lo sacro tiene personalidad consistente y propia, por eso se llama Dios, tanto si es femenino como masculino, da igual. Las religiones de la tierra tienen todas dioses masculinos y femeninos, pero neutros no.
''Dios es Padre, pero sobre todo Madre'', dijo Juan Pablo I, que murió como una sonrisa que se extingue. Tal vez, lo mejor que puede hacerse en la vida es irse, porque así se descubre de repente lo que al quedarse no se había descubierto.
Dios es Padre y sobre todo Madre. Hay religiones que consideran a su dios sólo masculino, otras, como la Diana de Cesina, conciben a sus dioses marcadamente masculino-femeninos. Da igual, eso no tiene ya importancia. Dios no tiene género, pero si la personalidad consiste en la cultura, en los dos emisferios del cerebro -masculino y femenino-, Dios la tiene en su totalidad. Dios es la fuente de la personalidad total y radical, y lo sacro, Dios ya personalizado, es el corazón de las cosas. ''Dios no está lejos de vosotros'', dijo Jesús. Por eso no vayas buscando tanto por ahí. Si a alguno se le ocurre decir: ''A ver si Dios me sale al encuentro cuando me muera''... es un animal. ¿A qué encuentro va a salir Dios?. Si Dios está dentro de ti, ¿cómo va a salirte al encuentro?. Lo que pasa es que estallará en tu interior y lo verás por primera vez; eso es diferente. Dios no es el fruto de una larga investigación, ni mucho menos. Dios es la vibración de una experiencia. Cuando llegas al cogollo, Dios se presenta, permanece y canta y ríe.
Las cosas son transparentes, todas dejan transparentar un cogollo interior que llamamos Dios. Hoy digo Dios para que vean dónde nos conduce los sacro, aunque este 'lo' se emplee indebidamente. Por eso lo hemos sustituido por Él, como pronombre personal, no como artículo. ¡Cuántas veces los profetas han hablado así!: ''Él me dijo...'' No sabemos qué ni quién es Él, pero sí que es una cosa que las religiones no pueden manipular. De lo contrario, yo de éste ¡no hablo! porque no se puede hablar, porque no se contiene en una frase, una expresión y una acción. Dios desborda infinitamente. Lo dijo Jesús, ''Y Éste que desborda infinitamente, es el Ser de Tu Ser''. No está lejos de ninguno de vosotros, por burro que sea. Está dentro, en lo más hondo de ti.

BIENAVENTURADA ''HAMBRE'' (P. Antonio Oliver Montserrat) Vin Cens

BIENAVENTURADA ''HAMBRE''
Cristo no es nunca superficial. Si las situaciones humanas no están por dentro llenas de ser, están carcomidas. Y lo dirá al final de las Bienaventuranzas: ''Lo primero es el Reino de Dios (que está dentro de nosotros), lo demás es añadidura''.
Todo lo demás es nada, ¿puede decirse mejor? Cristo ha dejado en pie la única cosa grande: el ser del Hombre. Si hoy pasáramos revista de lo que podríamos prescindir si viniera una situación extrema, la lista sería interminable. Como así mismo sería interminable la lista de lo que no podríamos prescindir. El ser del Hombre es la única cosa imprescindible, todo lo demás está carcomido de secundariedad. Todo es ''añadidura'', menos que el Reino de Dios está dentro de nosotros.
''Felices los pobres de espíritu''.
Esto es: los que tienen el alma menesterosa, los que, no importa lo que tengan, siempre están hambrientos. ¿Y los que tienen una religión que les harta de ganas? No: esos no son ''los pobres de espíritu''. Una religión que harta el HAMBRE, que deja en paz, que aliena, que hipnotiza, no es cristiana. La religión cristiana lo primero que nos descubre es que la pobreza es ''bienaventurada''. Y pobreza es tener HAMBRE. Pobreza es que, aun llevando nuestros bolsillos llenos de estrellas, vamos insaciables por la vida. ''¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?'', ¿puede decirse más existencialmente?.
Aquél que en una situación de su vida se encuentra ''harto'' ha dejado de ser cristiano. El cristiano es tan grande como el pobre: su HAMBRE es insaciable. Y aunque se comiera las galaxias enteras seguiría padeciendo HAMBRE, pues todas las galaxias son más pequeñas que su propio corazón.

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EL CONCEPTO DE DIOS (P. Antonio Oliver) Vin Cens

EL CONCEPTO DE DIOS
Si yo digo la palabra ''Dios'' todos ustedes me entienden enseguida, ¿a que sí? Pues me entienden mal, porque yo no sé lo que significa la palabra ''Dios''. Y si hay alguno que lo sabe no tiene por qué asistir a mis clases, pierde el tiempo.
No pensamos suficientemente que qué es lo que decimos cuando decimos ''Dios''. Qué es Dios. Pensémoslo, pero no lo definamos por lo que es, que lo ignoramos. Sí, ya sé que hay gente que sabe quién es Dios (sí, hay gente que lo sabe), y sé que según lo que yo diga se les erizarán los pelos. Qué tienen ellos que ver con Dios me pregunto yo, ¿o es que defienden a Dios? Venimos de la ''muerte de Dios'' que tanto ha sonado durante cien años, ¿y ahora ellos, los buenos, se sienten en la opbligación de defender a Dios? ¿A caso Dios necesita ser defendido? Insisto: qué es lo que entendemos cuando decimos ''Dios''.
Conviene recordar a todos los que saben quién es Dios, es decir, a todos los que viven en ''los cuarteles de invierno'' que hay un dogma de fe de Trento que dice que Dios es un Ser Supremo ''QUE NO SE PUEDE DECIR NI PENSAR''.
- ¿Tú piensas de Dios?
- Sí.
- Pues piensas de cualquiera sea menos de Dios.
- ¿Tú sabes quién es Dios?
- Sí.
- Pues no eres creyente. Los creyentes no sabemos quién es Dios.
Dios no se puede decir, ni siquiera pensar. Y no es un problema de palabra, es un problema de concepto.
Palabra y concepto: he aquí dos problemas diferentes. Yo puedo decirte que tengo una idea de Dios pero que no sé cómo decírtelo porque no puedo imaginarme a Dios, que eso sería un problema de palabra. Pero yendo más adentro, te diré que yo no sé decirte quién es Dios porque soy incapaz de imaginarme a Dios, yo no soy capaz de tener un concepto de Dios. Nadie puede hablar de Dios porque Dios no se puede decir ni siquiera pensar. Usamos y manoseamos la palabra ''Dios'' y no sabemos lo que decimos. Cuando yo digo que Dios no existe siempre hay alguno que se queda aterrorizado, y eso que ésa es una de las cosas buenas que pueden decirse de Dios.
Que Dios no exista no significa que no haya Dios, recuerden a los existencialistas. Las cosas están aquí pero no exsiten, decía Heidegger. Somos Hombres y como Hombres existimos, en efecto. ¿Pero por qué estamos aquí, por qué hemos sido sumergidos en esta tinaja del Tiempo? Y Heidegger responde: ''Existir es estar en el tiempo para LLEGAR A SER''. Esto es: yo aún no-soy-Yo, pero se me da el Tiempo para que pueda llegar a ser lo que estoy llamado a ser.
Existir es caminar de lo que aún no se-es a lo que se quiere llegar a ser. ¿Existe Dios? No. Dios no existe. Y traduzco: si Dios existe es que está en el tiempo ''para llegar a ser'', lo cual quiere decir que todavía no-Es, o que está por hacerse o que está haciéndose. Que Dios no exista no es una brutal afirmación, es un enunciado iluminador. La existencia de Dios no es como nuestra existencia, es más: Dios es de tal categoría que de Él nada sabemos.
El Hombre es el único que puede pensar su existencia, es decir, yo sólo me puedo pensar en cuanto yo soy un ser descontento de mí, si yo estuviera contento de mí ya no me pensaría, me sería. Cuando yo me pienso, me digo: ''Yo no soy el de ayer, pero tampoco soy el de mañana, soy el de ahora, pero el de ahora no es el que ha de ser mañana''. Es decir, yo me voy pensando a saltos, me voy pensando existiendo. Por el contrario, cuando yo pienso de Dios no puedo decir que no es el de ayer, pero tampoco es el de mañana, como sucede conmigo. No, no puedo decirlo, porque Dios no existe. ¿Y eso no será anular a Dios? No, no es anularlo, es afirmarlo. Porque existir es una limitación, es ''estar en el Tiempo para llegar a ser'' y Dios rompe todas las tinajas de la limitación, está fuera del Tiempo. Yo no puedo conocer a Dios como me conozco a mí, pues yo me conozco en tanto en cuanto no-soy y Dios es Dios cuando se Es, exactamente lo opuesto a mí.
¿Qué sabemos entonces de Dios? NADA, eso, lo primero. Además, el que sabe de Dios no puede hablar porque se le derriten los plomos. Recuerden a San Juan de la Cruz: ''Quedéme no sabiendo, toda ciencia trascendiendo''. El tonto y el sabio se manifiestan igual, quedan en silencio, callan: el tonto porque lo ignora todo, y el sabio porque al saber tanto se le ha roto el motor del habla. Dios trasciende toda ciencia.
De Dios nada sabemos. Nada. Y si supiéramos un poco, ese poco nos mataría. Con lo cual llegamos a una conclusión: si nosotros seguimos vivos es porque Dios aún no nos ha entrado suficientemente. ¿Cómo vamos a hablar de Dios si apenas nos ha tocado? Si nos hubiera tocado ya estaríamos fundidos en Él.
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EL SUFRIMIENTO (P. Antonio Oliver) Vin Cens



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EL SUFRIMIENTO

El sufrimiento es un misterio. Pero misterio de la presencia de Dios, no de su ausencia.
"Dichosos los que sufren, porque ellos serán consolados", sólo puede afirmarse cuando se ha luchado contra el mal hasta la frontera, y en la lucha se ha descubierto, por experiencia, que el sufrimiento puede ser el nacedero de una bienaventuranza. Apurando la idea, tan propia de Jesús, hay que decir que la actitud cristiana ante el dolor no es la ascesis (hay que soportar el mal; desgraciadamente me ha tocado a mí), es el amor: Dios está aquí llamando a la puerta y ofreciéndome una oportunidad irrepetible.
El símbolo del sufrimiento es la cruz: en la cruz algo muere (a veces una vida entera), pero a la vez la cruz es la cuna para un nuevo nacimiento (a menudo una total resurrección).
Un acto de amor y la visión en el amor parte de una opción de fe: ''No lo entiendo, pero sé que lo que me pasa tiene sentido y que Dios está en ello, y que ello es una presencia de amor de Dios".
Prescindiendo del hecho de que el hombre, por su irresponsabilidad o por su malicia, es muy a menudo el responsable de sus desgracias, no es cristiano partir del principio de que el dolor es un castigo. Ante la desgracia de un ciego, preguntan los discípulos muy seguros: "¿De quién es la culpa -de él o de sus padres- que éste haya nacido ciego?''. Y Jesús corta tajante: "La culpa no es de él ni de sus padres. Es para que en él se manifieste la gloria de Dios". La ceguera era en aquel caso un indicador de la presencia de Dios. Es un misterio, pero misterio de amor.
No es por una triste fatalidad por lo que se sufre, es por amor. Resignarse ante el sufrimiento, o pasarlo como mejor se pueda, no es la actitud acertada ni la que Dios quiere. La actitud cristiana es colocarse de rodillas ante el misterio de Dios que se hace presente y se acerca a la vida de uno, de una manera confiada y esperanzada y entender que está a punto de producirse un milagro. Un milagro que, ante una actitud encogida y resignada, no puede producirse.
Y el milagro es doble:
- A nivel personal: En la tarea de construirse, que es el sentido de la vida del hombre, cooperan, enlazados y dándose la mano, el sufrimiento y la felicidad, el llanto y el gozo, la prosperidad y la adversidad, la vida y la muerte. No hay desgracia, más que la desgracia de no saber aceptar la gracia. La adversidad construye sólidamente. Con solo la felicidad no nos sería posible construirnos. Lo que llamamos o estimamos una desgracia puede constituir la mayor gracia de la vida. Sin lo que hemos sufrido no seríamos lo que somos. Y, rehusando sistemáticamente el sufrimiento, nunca seremos lo que gloriosamente estamos llamados a ser. Sufrir es una oportunidad de crecimiento personal.
- A nivel social: La actitud cristiana y vital ante el dolor, además de cooperar al crecimiento de la persona, forma parte viva y vital de la lucha contra el mal y empuja hacia la victoria final y definitiva. El sufrimiento de Jesús logró ya la victoria sobre el dolor y sobre el mal de nuestra historia. Cada vez que sufriendo nos colocamos a su lado damos un paso hacia la victoria definitiva.
Uno no puede crecer sin empujar hacia el crecimiento y la maduración a toda la humanidad y a la creación entera. El sufrir, no sabe uno -misterio otra vez- qué males ni qué dolores alivia. Más allá de distancias en el tiempo o en el espacio, el dolor sufrido en la esperanza y en el amor es una fuerza primaveral que se desparrama y extiendo por todos los tiempos y por todos los espacios de la historia del hombre y de las cosas. "El hombre y la creación sufren y gimen queriendo ser liberados, mientras engendran una dimensión nueva e insospechada del hombre y de las cosas". Cada vez que con amor se sufre, una ola nueva de gracia recorre el tejido del hombre y de la creación, renovando su sangre y aligerando su caminar hacia la resurrección.
Hay una "comunión de lo santo". Y en ella todo es común. Y todo se reparte como el pan en la mesa familiar y como la vida en la Eucaristía. Uno no puede lanzar un verso a la esperanza, sin que la esperanza se haga presente en un corazón. Lo mismo que uno "no puede tener un buen deseo sin que en algún lugar de la tierra florezca una flor". Y uno no puede adentrarse con amor en el territorio desgarrador de un devastador sufrimiento, sin que en algún rincón ignoto de la historia crezca un palmo más el hombre nuevo.
Nunca sabremos -se necesita la eternidad para descubrirlo- qué maravillas hemos creado al sufrir, ni a qué lejanías hemos alcanzado con nuestros milagros, bendicen y bendecirán, sin conocernos, nuestro nombre, al sentir crecer y subir desde secretas profundidades una ola de felicidad y amor que les enseñará a cantar y a esperar. Y será el milagro del gozo de nuestro sufrimiento. ''Bienaventurados -no desgraciados- los que sufren".