jueves, 4 de abril de 2019

EL ÉXITO DEL FRACASO (P. Antonio Oliver Montserrat) Vin Cens

EL ÉXITO DEL FRACASO
La conclusión que Jesús ha sacado de su paso por la Tierra y de la experiencia del mal es tan sorprendente como sobrecogedora, recogida por el P. Rahner. Después que Cristo pasó por todos los hoyos profundos del mal y experimentó lo que es la enemistad y la traición en Judas, lo que es la desbandada de los amigos, lo que es el fracaso de una vida entera, lo que es el desdoro de una misión, de una predicación, lo que es el triunfo de los enemigos y lo que es el abandono de Dios, después de estos pozos negros y profundos, lo que hace Cristo es pronunciar una palabra tremendamente experiencial: "Abbá", -"Padre mío". Ha descubierto que Dios es su padre.
Digamos pues, que sólo los que han tocado con su mano o con su vida las profundidades del mal, saben Io que significa decir que Dios no es Dios, ni el juez, ni nada, sino Padre. Para llegar a llamar a Dios Padre se ha tenido que experimentar el mal en carne viva. Péguy, que pensaba bien, solía decir: "sólo el pecador está autorizado para hablar de Dios". Esto es típicamente cristiano. El que ha estado entre los enemigos, en las fronteras del mal, cuando vuelve puede hablar de Dios; los que siempre han estado en el bien y no conocen el mal no pueden hablar de Dios. Cristo lo sabía tan perfectamente que llegó a decir: "Cuando os persigan y os maldigan en nombre mío, alegraos y exultad, que vuestro nombre está en el cielo". Es decir, cuando el mal se ensañe con vosotros, debéis cantar porque el triunfo está al alcance de la mano.
Por tanto, la experiencia del mal: daño más daño, dolor más dolor, fracaso más fracaso lleva al éxito; en cambio, triunfo más triunfo forma un conjunto vacío, no conduce a nada. Desde esas profundidades hay que preguntarse: -¿Entonces, en qué quedamos?, ¿el bien no es bueno, y el mal resulta ser siempre un bien? Esto es lo que quiero decir, y hay que cambiar el paradigma, y es Io que dice San Pablo en la carta a los Romanos, 8,18 y en la carta a los Corintios, 4, 7-11; 5,1-8.
Los textos dicen así: ¡Sostengo que los sufrimientos de este tiempo presente son cosa de nada...", -mira si es cristiano San Pablo que no niega que haya sufrimientos- "...comparados con la gloria que va a revelarse en nosotros" (Rom. 8118). Hasta aquí no ha dicho nada, sólo una pequeña vivencia: los sufrimientos de esta vida presente no son nada comparados con el bien que nos espera. Primera afirmación. "De hecho, la humanidad, -lo humano- otea impaciente, aguardando que se le revele el ser hijos de Dios". Somos hijos de Dios, pero aún no sabemos lo que significa. Viendo que esta carne es un lugar de la revelación de Dios en su lucha contra el mal, estamos impacientes y nos preguntamos: ¿pero cuándo llegaremos a saber quién somos de verdad?
Dios lucha contra el mal en nosotros, no en palestras filosóficas o teológicas, sino en la existencia de cada uno. "Porque aun sometida al fracaso, -supongamos que la aventura humana fracasara-, esta misma humanidad abriga una esperanza que se ve liberada de la esclavitud a la decadencia". Estamos encadenados a la decadencia, -lo decía también Henry Levi- para alcanzar la libertad y la gloria de los hijos de Dios. Aquí ya ha dado un paso más San Pablo: el estar encadenados al dolor que nos come es un camino para alcanzar la libertad y la gloria de los hijos de Dios. O sea, que alcanzaremos la gloria de los hijos de Dios gracias a haber estado condenados a la decadencia. Yo estoy condenado a ver que mi cuerpo se desmorona día a día, año a año, y al final acaba en el fracaso de la fosa. Pues aquí es donde vencerás al mal y donde sabrás lo que es ser hijo de Dios. Si alguien te evitara el mal de envejecer, de la decadencia, no descubrirías tu dignidad. ¿El mal que padecemos y sufrimos en esta vida es mal o es bien?
"Sabemos que hasta el presente, la humanidad entera sigue lanzando un gemido universal de dolor de parto". Estamos engendrando no un ser diferente, sino a nosotros mismos desde el dolor. Y así como no hay parto sin dolor (aunque dicen que lo hay), este parto de uno mismo, -somos tarea de nosotros mismos-, se hace siempre con dolor, y si no hay dolor no hay parto. El gran murmullo que sube de las olas de la humanidad, que fue, que es y que será, es un gran murmullo de dolor de parto; incluso nosotros, los que poseemos las primicias del espíritu -se refiere a los cristianos-, los que sabemos estas cosas por revelación del espíritu, gemimos en lo íntimo a la espera de la plena condición de los hijos de Dios, es decir, del rescate de nuestro ser. Nuestro ser está esclavizado y se rescata con las cadenas de este desmoronamiento progresivo o esta corrosión constante, que es la vida. "Pues con esta esperanza nos salvaron". Ya tenemos, pues, que la humanidad sufre, porque se engendra a sí misma y porque sólo desde el dolor vamos descubriendo cuál es la verdadera dignidad de los hijos de Dios.
La fuerza de Dios en nosotros
En la 2ª carta a los Corintios, capítulo 40, versículos 7-11 y 16-17, dice San Pablo: "Este tesoro... -el de nuestra filiación divina- lo llevamos en vasija de barro... -esta maravilla de ser hijos de Dios, que se nos revelará, la llevamos metida en un vaso de barro que se va rompiendo, y como le toque un poco de agua se deshace- ...es nuestro cuerpo mortal". La carne es un vaso de barro y el agua, la erosión, se lo va comiendo, como pasto del dolor, "para que se vea que esta fuerza tan extraordinaria -la de enfrentamos con el mal- es de Dios y no de nosotros".
Y añade algo que parece propio de los primeros siglos, pero también nos pertenece a los cristianos de hoy: "Nos aprietan por todos lados", -he aquí el dolor-, pero no llegan a aplastarnos, -he aquí el triunfo-; gestamos apurados,-el dolor- pero no desesperados; estamos acosados" -dolor-, "pero no abandonados", -esperanza; "nos derriban, pero no nos rematan, llevamos continuamente en nuestro cuerpo el suplicio de la vida de Jesús, para que también su vida sea transparente en nuestro cuerpo". Sólo el que ha sufrido es transparente: ''...a nosotros, que tenemos la vida, continuamente nos entregan a la muerte. No nos acobardamos, no, porque aunque lo exterior va decayendo, lo interior se renueva cada día". ¿Ven cómo en el centro del dolor el exterior va decayendo? Como la bujía en una lámpara, la luz aumenta en el interior. Luego el dolor es una presencia y una revelación de Dios que hace que tú crezcas por dentro del dolor, aunque lo exterior vaya decayendo cada día.
En la carta a los Romanos, capítulo 8, que he citado antes podemos ver cómo nuestras penalidades momentáneas y ligeras nos producirán una riqueza eterna, una gloria que las sobrepasa desmesuradamente... si no ponemos la mirada en lo que se ve, sino en lo que no se ve. "Una esperanza que ya se ve no es esperanza; pues si ya lo ve uno ¿a qué esperado?" (v.24). Lo que se ve es el dolor, Io que no se ve es lo que se revela en el dolor, porque lo que se ve es transitorio y lo que no se ve es eterno. Lo que sabemos los cristianos es que si nuestro albergue terrestre, esta tienda de campaña que es la carne -esto es helenismo- se derrumba, tenemos un edificio hecho por Dios, un albergue en el cielo, no construido por hombres. Y por eso suspiramos y gemimos, como dice San Pablo, con el anhelo de vestirnos la morada que viene del cielo, y creemos que al quitarnos ésta -dolor- no quedaremos desnudos. Esto Io hace el sufrimiento: que lo mortal se vuelva inmortal, se hace en el dolor del parto de lo mortal sobre lo inmortal.
Sabiendo, como digo, que todo cuanto he expuesto no cura a nadie de las embestidas del dolor, del sufrimiento y del mal, pero sí que pone al cristiano en una tesitura especial: hay que enfrentarse con el mal, no basta con aceptarlo resignadamente. Al enfrentarse con el mal, Dios se revela siempre. Más aún, cuanto más profundo sea el mal, cuando más dolor produzca, más se revela Dios; cuanto mayor es el dolor del parto, mejor es lo que engendramos, que es el ser de cada uno de nosotros. Cuando el mal llega al extremo de hacemos creer que perdemos la lucha en él, es cuando le vencemos. La muerte de Cristo es la gran victoria de la carne humana sobre la mortalidad. Esto mortal que arrastramos está engendrando, en dolor, lo inmortal que esperamos.

La imagen puede contener: una o varias personas, personas de pie, árbol y exterior

EL SUFRIMIENTO (P. Antonio Oliver Montserrat) Vin Cens

EL SUFRIMIENTO
El sufrimiento es un misterio. Pero misterio de la presencia de Dios, no de su ausencia.
"Dichosos los que sufren, porque ellos serán consolados", sólo puede afirmarse cuando se ha luchado contra el mal hasta la frontera, y en la lucha se ha descubierto, por experiencia, que el sufrimiento puede ser el nacedero de una bienaventuranza. Apurando la idea, tan propia de Jesús, hay que decir que la actitud cristiana ante el dolor no es la ascesis (hay que soportar el mal; desgraciadamente me ha tocado a mí), es el amor: Dios está aquí llamando a la puerta y ofreciéndome una oportunidad irrepetible.
El símbolo del sufrimiento es la cruz: en la cruz algo muere (a veces una vida entera), pero a la vez la cruz es la cuna para un nuevo nacimiento (a menudo una total resurrección).
Un acto de amor y la visión en el amor parte de una opción de fe: ''No lo entiendo, pero sé que lo que me pasa tiene sentido y que Dios está en ello, y que ello es una presencia de amor de Dios".
Prescindiendo del hecho de que el hombre, por su irresponsabilidad o por su malicia, es muy a menudo el responsable de sus desgracias, no es cristiano partir del principio de que el dolor es un castigo. Ante la desgracia de un ciego, preguntan los discípulos muy seguros: "¿De quién es la culpa -de él o de sus padres- que éste haya nacido ciego?''. Y Jesús corta tajante: "La culpa no es de él ni de sus padres. Es para que en él se manifieste la gloria de Dios". La ceguera era en aquel caso un indicador de la presencia de Dios. Es un misterio, pero misterio de amor.
No es por una triste fatalidad por lo que se sufre, es por amor. Resignarse ante el sufrimiento, o pasarlo como mejor se pueda, no es la actitud acertada ni la que Dios quiere. La actitud cristiana es colocarse de rodillas ante el misterio de Dios que se hace presente y se acerca a la vida de uno, de una manera confiada y esperanzada y entender que está a punto de producirse un milagro. Un milagro que, ante una actitud encogida y resignada, no puede producirse.
Y el milagro es doble:
- A nivel personal: En la tarea de construirse, que es el sentido de la vida del hombre, cooperan, enlazados y dándose la mano, el sufrimiento y la felicidad, el llanto y el gozo, la prosperidad y la adversidad, la vida y la muerte. No hay desgracia, más que la desgracia de no saber aceptar la gracia. La adversidad construye sólidamente. Con solo la felicidad no nos sería posible construirnos. Lo que llamamos o estimamos una desgracia puede constituir la mayor gracia de la vida. Sin lo que hemos sufrido no seríamos lo que somos. Y, rehusando sistemáticamente el sufrimiento, nunca seremos lo que gloriosamente estamos llamados a ser. Sufrir es una oportunidad de crecimiento personal.
- A nivel social: La actitud cristiana y vital ante el dolor, además de cooperar al crecimiento de la persona, forma parte viva y vital de la lucha contra el mal y empuja hacia la victoria final y definitiva. El sufrimiento de Jesús logró ya la victoria sobre el dolor y sobre el mal de nuestra historia. Cada vez que sufriendo nos colocamos a su lado damos un paso hacia la victoria definitiva.
Uno no puede crecer sin empujar hacia el crecimiento y la maduración a toda la humanidad y a la creación entera. El sufrir, no sabe uno -misterio otra vez- qué males ni qué dolores alivia. Más allá de distancias en el tiempo o en el espacio, el dolor sufrido en la esperanza y en el amor es una fuerza primaveral que se desparrama y extiendo por todos los tiempos y por todos los espacios de la historia del hombre y de las cosas. "El hombre y la creación sufren y gimen queriendo ser liberados, mientras engendran una dimensión nueva e insospechada del hombre y de las cosas". Cada vez que con amor se sufre, una ola nueva de gracia recorre el tejido del hombre y de la creación, renovando su sangre y aligerando su caminar hacia la resurrección.
Hay una "comunión de lo santo". Y en ella todo es común. Y todo se reparte como el pan en la mesa familiar y como la vida en la Eucaristía. Uno no puede lanzar un verso a la esperanza, sin que la esperanza se haga presente en un corazón. Lo mismo que uno "no puede tener un buen deseo sin que en algún lugar de la tierra florezca una flor". Y uno no puede adentrarse con amor en el territorio desgarrador de un devastador sufrimiento, sin que en algún rincón ignoto de la historia crezca un palmo más el hombre nuevo.
Nunca sabremos -se necesita la eternidad para descubrirlo- qué maravillas hemos creado al sufrir, ni a qué lejanías hemos alcanzado con nuestros milagros, bendicen y bendecirán, sin conocernos, nuestro nombre, al sentir crecer y subir desde secretas profundidades una ola de felicidad y amor que les enseñará a cantar y a esperar. Y será el milagro del gozo de nuestro sufrimiento. ''Bienaventurados -no desgraciados- los que sufren".

La imagen puede contener: 1 persona

NACER, VIVIR, PADECER Y MORIR (P. Antonio Oliver Montserrat) Vin Cens

NACER, VIVIR, PADECER Y MORIR
Esta es la vida de Cristo que, al tiempo que la existencia que se va desarrollando como la nuestra, es Palabra, Palabra de Dios. Dios habla en el nacimiento de Jesús y, por tanto, yo habré de preguntarme cómo y para qué nace Cristo, porque eso ilumina el por qué y para qué he nacido yo. Y lo mismo cuando Cristo padece y muere, pero cuidado con las respuestas prematuras, porque decir que Cristo padece y muere 'para lavar nuestros pecados' es muy fácil. ¡Mucho cuidado! ¡El pecado no es tan importante! Es mucho más importante aprender a llevar nuestra cruz como la llevó él, y aceptar nuestra muerte como la aceptó él.
No quito importancia al pecado, pero es tan importante como para decir que si el hombre no hubiera pecado Dios no habría nacido. El pecado del hombre es un atentado contra el plan de Dios en el desarrollo del universo, pero nunca va a tener tanta fuerza como para cambiar "el Proyecto" de Dios de que habla San Juan al comienzo de su evangelio, la "Palabra" que existía antes de la creación del mundo. Engrandecer o aumentar la importancia del pecado es propio de los protestantismos. Los protestantes son los que dicen que el pecado taró al hombre en su propio centro, hasta el cogollo, y esto es un error. El catolicismo siempre ha dicho que el pecado no tocó al hombre en su centro; el hombre sigue siendo bueno en su cogollo, la esencia del hombre es buena.
¿Entonces Jesús no padeció y murió por nuestros pecados? No, absolutamente no, es lo que dice el P. Schillebeeckx. Así como no nació porque habíamos pecado, tampoco padeció porque fuera necesario para redimirnos. Es cierto que su pasión y muerte nos lavó del pecado, pero Cristo padeció y murió por otras razones mucho más importantes, como dar sentido al padecer y morir, que forma parte de la vida del hombre, que es donde Dios se manifiesta del todo. En esos momentos cruciales y definitivos es donde la vida de Jesús es palabra de Dios, y la nuestra también.
La teoría de la reparación infinita hace a Dios sanguinario
Cuando decimos que Cristo padeció y padeció terriblemente la traición, el abandono de los suyos, la flagelación, la muerte en la cruz... para pagar por nuestros pecados, estamos diciendo que el Padre de Jesús es un gran administrador de la justicia, que se va a cobrar hasta el último céntimo de nuestra rebeldía. Como el hombre pecador ha ofendido a Dios y no tiene con qué reparar la ofensa, tiene que ser Dios mismo quien diga: ¡Pues mandaré a mi Hijo para que pague, o sea, que se lo carguen bien y limpie así el pecado del hombre y mi reputación! Esta es la interpretación que hemos hecho de la pasión y muerte de Jesús.
¿Era necesario que Cristo padeciera lo que padeció? Esta pregunta se la hizo San Pablo, pero no dijo la respuesta. Y nosotros decimos: -Como la ofensa del hombre a Dios era infinita por ser él infinito, ya que la ofensa se calibra no por el que la hace sino por el que la recibe, el pecado del hombre tenía una dimensión infinita y como el hombre no tiene con qué pagar esa ofensa, Dios, que es bueno, se saca del bolsillo la solución: -O yo me encarno o se encarna mi hijo, y aunque a él lo van a triturar, yo quedaré satisfecho. Así que, mientras Cristo era ultrajado y moría en la cruz, el Padre del cielo iba quedando satisfecho.
Además, esta forma de pensar estaría proponiendo que el buen cristiano ha de cobrar hasta el último céntimo a sus deudores. ¿No podía el Señor haberse contentado con el primer vagido y quejido de Jesús cuando nació en Belén? Nació de María y al nacer, supongo, lloraría. Dios podría haber dicho a los hombres: -¡Ya basta, ya no necesito más reparación; sólo por esa lágrima de mi hijo os perdono! Pero no, prefirió que viviera treinta años de mala manera, permitió que fuera un tormento constante para su Madre, que sus amigos le traicionaran, que los sacerdotes y fariseos le persiguieran hasta la muerte... Si entendemos así la pasión y muerte de Jesús tendríamos un Dios sanguinario, que no queda tranquilo hasta que el hombre pague la deuda del pecado. Y esta sería nuestra visión, una teología económica de la redención. ¿No es esto una economía de mercado? ¿Dónde queda la palabra y la verdad de la vida Jesús?
Jesús es la palabra de Dios que existía al principio, "Sin él no se hizo nada de cuanto se hizo", y viene a la tierra y sigue viniendo por todos los caminos de la creación, y cuando ya está entre nosotros recorre todas las etapas de nuestra vida: nace, vive, padece y muere como nosotros, porque es hombre. Él es una palabra viva, una palabra de Dios sobre el nacer del hombre; una palabra de Dios sobre el vivir del hombre; una palabra de Dios sobre el padecer, sobre nuestro sufrimiento; una palabra de Dios sobre la muerte. Por tanto, Cristo es el sentido de la creación, toda la creación camina para él y hacia él y así, en el nacer, vivir, padecer y morir de Cristo adquiere sentido el nacer, vivir, padecer y morir del hombre. Cristo es la Palabra de Dios hecha carne para que la carne del hombre entienda cual ha de ser su destino.
Lo que hemos hecho hasta ahora ha sido desmantelar la fortaleza de esa doctrina medieval que ha llegado hasta nuestros días y en la que nos habíamos refugiado. Espero que lo hayamos conseguido.

La imagen puede contener: 2 personas

REVELACIÓN CRISTIANA Y UNIDAD RELIGIOSA (P. Antonio Oliver Montserrat) Vin Cens

REVELACIÓN CRISTIANA Y UNIDAD RELIGIOSA
¿Qué es lo que hace que las religiones sean religión, es decir, esa especial relación del hombre con Dios? ¡Porque algo en común tendrán! Pues bien, eso que tienen en común todas las religiones es la revelación de Cristo. Cristo habla en el corazón del Islamismo -siete siglos antes de Mahoma- y habla en el corazón del Judaísmo -1.200 años después de Moisés- y habla en el corazón del Budismo, y también del Cristianismo. Es decir, que un budista, si se mira bien -como ha pasado tantas veces-, siente dentro las palabras de Jesús, y un judío, si se mira bien, siente dentro de sí las palabras y la vida de Jesús, y el mahometano, si se mira bien, siente dentro de sí las palabras de Jesús, y el cristiano, si se mira bien, también siente dentro de sí las palabras de Jesús. Pero todo se derrumba cuando el cristiano habla del cochino musulmán y deja de ser cristiano, porque el musulmán también siente la verdad de Jesucristo, y a veces, más nítida que él.
El cristiano de verdad sabe que la religión es lugar de encuentro con el musulmán, con el judío o con el budista. Sin embargo, no hemos podido evitar que esa experiencia de Dios que tuvo Cristo y que nos pasó a nosotros, se haya convertido en un tenderete donde se vende la salvación, porque ahora somos capaces de decir: -Tú quédate aquí, no pienses, vete a misa los domingos, paga el impuesto, y así llegarás hasta Dios-. Esto es prostituir el cristianismo. Cristo nunca dijo que para llegar a Dios hay que ir a misa y después sentarse, sino, ''si quieres ser perfecto...'' (Mt. 19, 21), deja todo, ven detrás de mí, que soy puro camino en busca de la Voluntad de Dios -he aquí el tiempo de la encarnación, el Tao de los orientales-, y empieza a caminar. ¿Y hasta cuando he de caminar? Siempre.
Cuanto más cerca estés de Dios, más ganas tendrás de buscarle, porque no le tienes. Y cuando crees que le tienes, más lejos estás de Dios y menos le buscarás; al creer que le tienes le has perdido de vista, porque Dios está en nosotros como búsqueda, como un mensaje de sed. Por eso los hombres que, sin saberlo, buscan a Dios, son de Cristo, y por esto los hombres que sin saberlo, o sabiéndolo, no buscan a Dios, no son de Cristo, aunque estén bautizados y aunque reciban sacramentos y aunque enseñen teología. ¡Qué curioso!, ¿verdad?
Lo más propio del cristianismo no coincide con ninguna enseñanza teológica, ni con ninguna praxis religiosa. Uno puede estar encerrado en una jaula toda la vida, como tantos prisioneros, sin recibir un sacramento ni oír una misa en sesenta años, y ser profundamente cristiano y salvarse. Y yendo a misa todos los días se puede ser mal cristiano. Eso no lo hemos entendido.
Por tanto, ¿en qué coinciden las religiones? En el camino hacia el encuentro con Dios, porque un cristiano o un musulmán, un hombre honrado, no puede caminar hacia Dios sin que Dios entre torrencialmente dentro de él.

La imagen puede contener: una o varias personas y cielo

¡SER HOMBRE! (P. Antonio Oliver Montserrat) Vin Cens

¡SER HOMBRE!
iSer hombre! Abrumadora tarea; empeño agobiante. Porque, siendo el hombre la punta luminosa donde la creación que conocemos se hace consciente, sólo el hombre que es consciente de sí mismo llega a ser hombre. Ser consciente de sí es imprescindible para atacar con garantías la tarea de lograrse. Pero ser consciente de sí conlleva inmediatamente una constatación inapelable: El ser consciente es consciente de ser muchísimas cosas de las que no tiene consciencia. El hombre, por muy consciente que sea, no es nunca consciente de todo lo que es. De donde se deduce que infinidad de las cosas que el hombre es, son imposibles de ser expresadas científicamente. El saber científico y racional es incapaz de dar la fórmula del ser del hombre.
Y el hombre, en contacto con las auroras primordiales de su aparición, y con el sudor de generaciones, acertó a decir lo que de sí sabía más allá de lo que racionalmente sabía. Esas cosas, que el hombre sabe sin saber que las sabe, están depositadas para siempre en los relatos de las mitologías. Las mitologías no son fórmulas pre-racionales de un conocimiento crepuscular. Son las formulaciones en clave de lo eterno humano que late y palpita en todo hijo de Adán, más allá del pensamiento riguroso y estricto que, al pretender apresarlo, lo fija, lo paraliza, lo mata y, al final, lo expone altanero en su museo de piezas cobradas, que previamente ha abatido. El ser y la vida no se dejan enjaular.
Las mitologías abrieron de par en par todas las jaulas. Bandadas de pájaros salieron de ellas, raudos a la libertad. El problema está en saber ofrecerles la rama en que se posen. Entonces es cuando se hace la luz sobre las cosas.

La imagen puede contener: una o varias personas, exterior, agua y naturaleza

LA REALIDAD DE LA MATERIA ES INMATERIAL (P. Antonio Oliver Montserrat) Vin Cens

Enseñanzas de Antonio Oliver Montserrat

LA REALIDAD DE LA MATERIA ES INMATERIAL
Lo real es inmenso, infinito, no tiene fin. Piensen que lo real es la totalidad, Dios mismo y Dios no tiene límites ni fronteras. Pero lo real, en la medida en que se concretiza se distancia de sí mismo. Por ejemplo, lo real es el amor, la intuición, el pensamiento, los sentimientos, los deseos, los gustos, el sentido de la vista, el tacto... una flor, una manzana... El todo se va concretizando en un punto que es el final, lo último de lo real. Este punto se llama la materia, lo material.
Lo material es tan último que más allá, más abajo de ella, no hay nada. Es decir que el hombrecito que somos nosotros, si topa con este punto y se queda en él, ha topado con la frontera de lo real, donde acaba lo real y empieza lo irreal. Este punto se llama materia.
Fíjense si es admirable el mundo que tenemos por descubrir cuando este punto, la materia que nos rodea, ya casi es inalcanzable para nosotros. Todo el cosmos, los miles de millones de galaxias, que pertenecen al mundo material, nos desborda. Y si esto que conocemos -o desconocemos- del mundo material es lo más pequeño de la realidad, nos podemos volver locos si nos encaramamos más allá de lo material. Si el hombre se asomara más allá de Io que es mera apariencia moriría electrizado; tal es la inmensidad de lo real. La realidad es infinita y sólo accedemos a ella cuando se nos hace asequible a través de la materia.
Y este hombre que camina, cuando topa con lo real/material, con lo real hecho materia se da cuenta de que está fluctuando entre lo que es y lo que no es, advierte un balanceo entre el 'ser' y el 'no ser', como una estrella titilando en el cielo. Lo material 'es y no es'; es, porque forma parte de lo real, pero casi no es, porque por debajo de la materia ya no hay nada. Si vas de la materia hacia abajo caes en el vacío total, en la desaparición de lo que es; pero si te encaramas por ella hacia arriba cada vez más vislumbras un mundo que es tanto más denso y admirable cuanto más subes. El ser humano sólo tiene acceso a ese mundo infinito de lo real balanceándose entre lo que 'es' y no lo que 'no es'.
Hoy sabemos más aún, sabemos que este balanceo es como una onda, una especie de electricidad producida por una energía condensada. Los físicos ya dicen que la materia no es materia, sino energía; es decir, que cuando analizamos la materia no vemos lo que está siendo la materia, porque al analizarla se desmaterializa enseguida. Para los físicos de hoy la materia es lo más inestable que existe. Es muy curioso el tema, porque para los que no somos físicos, cuando vemos una piedra de hace dos millones de años, del paleolítico, nos parece que desde entonces ha permanecido inmutable. Pues no es así, porque esa piedra está continuamente fluctuando entre la materia y la energía o dicho a nuestra manera, entre lo real y lo irreal, entre el ser y el no ser. El hombre que se acerca a ella topa con la materia, pero si en la materia ve sólo lo que se ofrece a los sentidos está perdido, no entiende nada, ve muy poca cosa y hasta resulta engañoso.
Quien se acerca a la materia y no se contenta con lo que ve, ésta, automáticamente, le remite hacia arriba, porque la materia es significativa, es un símbolo, y una vez embarcado en ella se convierte en un vehículo que te lleva cada vez más hacia lo real. La materia es algo así como una tren en marcha: cuando nos subimos a él no estamos quietos, aunque permanezcamos inmóviles en el asiento, avanzamos al unísono. Ahora bien, quien trate de decir y demostrar que el viajero es un ser estático es materialista puro. Si al ver un pino, tu cuerpo, tu vida o el dinero que has acumulado, no ves más allá, porque te quedas en lo que ves, eres materialista.

No hay descripción de la foto disponible.
3

LA MATERIA EN SU VIAJE HACIA LO INMATERIAL (P. Antonio Oliver Montserrat) Vin Cens

LA MATERIA EN SU VIAJE HACIA LO INMATERIAL
Todo lo que vemos, somos o tenemos, incluso el pensamiento mismo o una poesía y hasta el amor... todo es segregación de la materia. El alma misma, que no existe para los materialistas, es una dinámica de la materia. Para estos, lo real es material, y ya está, y lo que no es material no es real. Pero hemos de preguntarnos, ¿entonces cómo es que un montón de arena puede ordenarse de tal manera -es el caso de nuestro cuerpo- que sea capaz de producir ideas? "El pensamiento es una segregación de la materia". Esto sí; este es el honor que le corresponde a la materia, tener la posibilidad de generar inteligencia, incluso actos de amor.
Bien, pues veamos a qué se debe tanto honor en algo que aparentemente es inerte e inoperante como la materia. He dicho que el que topa con la materia y se queda en ella ve poca cosa, casi nada, pero a quien está dispuesto a viajar con ella, se va a encontrar con una ventana que le lleva hacia la realidad, y lo visible puede convertirse en la visión de lo invisible. Cuanto más real sea una cosa menos material es, y cuanto más real es una cosa, menos accesible es a nuestros sentidos. Nuestros sentidos perciben solamente estímulos sensitivos que provienen de lo material, y esto quiere decir que lo que de verdad es real nadie lo ha visto, ni tocado, ni olido, porque no cae bajo los sentidos. ¿Entonces no podemos acceder a lo real? Sí, porque lo real se nos manifiesta en el grado en que puede ser captado por nosotros, en los aspectos sensibles de lo material, para después seguir hacia arriba.
Vamos a plantearlo en términos de voluntad, puesto que lo real total -el ser, que en griego se dice "To ov''- es Dios en persona. Cuando lo real se pregunta: -¿cómo haré yo para hacerme asequible al hombre?, la respuesta será siempre la materia, y ella será el punto a través del cual el hombre, si Io perfora, llega al infinito, que es invisible. Lo visible es la manifestación de lo invisible. Aquel lugar donde lo invisible se hace visible se llama materia, y ahí es donde lo material adquiere su verdadera grandeza, en ese agujero que se abre hacia lo real infinito. Diríamos que, justamente esa deficiencia de ser, esa falta de ser de la materia, es la que hace de trampolín hacia el ser. Ese es el valor y el gran espectáculo de la materia que, cuando la miras bien te dice: -No es aquí donde quieres llegar, yo te abriré una ventana para que llegues a donde quieres ir.

No hay descripción de la foto disponible.