lunes, 4 de febrero de 2019

LA MUERTE (P. Antonio Oliver Montserrat) Vin Cens

LA MUERTE
Se acuerdan que decíamos que si yo ahora quisiera enseñarles mi sonrisa de cuando tenía cuatro años... no sabría hacerla, porque mi cuerpo de hoy es incapaz de reproducir mis sonrisas de cuando tenía cuatro años, se ha perdido. Mis abuelos las vieron y estaban prendados de mi sonreír, pero ahora ya nadie las puede ver, se han perdido. Yo tuve unas amistades en la adolescencia pero los amigos se han muerto y los que viven ya no son amigos, osea que mis amistades se han ido también. Yo me acuerdo del primer atardecer que vi a los trece años que me conmovió, me impresionó todo; sí, pero ya puedo ver atardeceres y no me conmueven más... soy incapaz.
Yo soy un señor para el cual las sonrisas de la infancia están ya muertas, irreecuperables. Los amigos de la infancia están ya muertos, irrecuperables. Mi primer enamoramiento está muerto, irrecuperable. Ya no sé recuperar en mí el primer atardecer que me revolucionó la sangre en las venas... Soy una historia de muertos.
Cuando yo muera, este cuerpo que es incapaz ahora de ver, recogerá esta inmensa siembra que ha hecho a lo largo de la vida. Cuando yo me muera Dios me espera ahí y este cuerpo mortal que se deshace hará que Dios mismo me construya por primera vez mi propio cuerpo, el que yo habré edificado y merecido a lo largo de mi vida. Un cuerpo tan mío, que en él cabrán otra vez las sonrisas de mi infancia. Cuando yo resucite, les sabré sonreír a ustedes como cuando tenía dos años y los temblores de la infancia o el primer amor de enamoramiento me volverá a correr por los caminos de la sangre. Y ustedes lo verán y lo sentirán como yo, y el primer atardecer y la conmoción de la primera sinfonía de Beethoven que escuché.
Tendré un cuerpo que será la cosecha de todos los cuerpos de mi vida y de todos los instantes vividos. Y en ese cuerpo nuevo que me darán en el momento de resucitar cabrá, florida, toda mi historia.
O sea que cuando Dios en el momento de la eternidad me amase por primera vez, tendré el cuerpo que yo a lo largo de mi vida me he fabricado, el cuerpo que me he engendrado, porque soy madre de mí mismo. ¡Fíjense! Cuando Dios me amase ese cuerpo en el cual quepa toda mi historia entre los dedos, dice Evtushenko, no se perderá ni una de mis sonrisas, ni una sola de mis lágrimas, ni un temblor de mi sangre, ni una ilusión de mi vida. Dios que es padre recogerá toda mi historia, la montará en un ser que es cuerpo-alma, y todo será capaz de vibrar y sentir como por primera vez, ineditamente, los esplendores de la Eternidad.
Esto significa que en el cielo, en la Eternidad, seremos por primera vez el que hemos logrado ser o engendrarnos, construyéndonos a nosotros mismos, gracias a a la presencia de Dios. Un mundo y un cuerpo en el cual todas las resonancias del mundo, todos los albores del paraíso y todos los amores del mundo tengan cabida.

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